Cloud Dancer Pantone del año 2026

Cloud Dancer Pantone del año 2026

La pureza del blanco o la pérdida de identidad

Para este año 2026, Pantone ha elegido un color blanco al que ha denominado Cloud Dancer. La elección se argumenta como una respuesta calmante a un mundo saturado, una especie de alivio visual frente a la sobrecarga constante. El blanco alude a la paz, la serenidad, la armonía, la pureza, la limpieza. Además, se considera un color clásico. Un color base que combina con todo y que, incluso por sí solo, puede llenar un espacio.

Históricamente, el blanco ha sido un lujo aspiracional. No tanto por su estética, sino por lo trabajoso y costoso de su mantenimiento. Ha sido también un referente del minimalismo y de la austeridad. Y es precisamente desde esa idea desde donde el diseño producido en masa ha sabido conectar con el público, apropiándose del discurso hasta ir robando, poco a poco, la identidad diferencial de los espacios.

En redes sociales nos inunda un mismo mensaje: minimalismo, eliminar el ruido visual, “agrandar los espacios”. Como si ese fuera el único objetivo del diseño de interiores. Como si vivir mejor significara, inevitablemente, borrar. Pero lo cierto es que muchas de esas decisiones acaban transformando las estancias en lugares impersonales, intercambiables, difíciles —cuando no imposibles— de diferenciar.

Salón blanco.

La estandarización de los espacios no responde a una búsqueda estética inocente, sino a una finalidad claramente comercial. Es más fácil vender a todos que a un nicho concreto. Y, obviamente, cuanto más amplio es el público, mayor es el beneficio. El blanco funciona porque no excluye, no incomoda, no obliga a tomar decisiones. Es el lenguaje visual perfecto para un consumo rápido, seguro y aspiracional.

Y créeme: una habitación con todas las paredes blancas no hará que tu salón de 10 m² parezca más grande. Lo hará parecer más vacío. Un vacío que, paradójicamente, acabarás llenando con láminas aesthetic, muebles neutros y objetos cuidadosamente anodinos para no perturbar la “paz” del blanco. Paz que, en muchos casos, no es serenidad, sino miedo a equivocarse.

Salón estilo parisino romántico en toques rosas.

Quizá no elegimos el blanco por calma, sino por inseguridad. Por miedo a mostrar demasiado, a definirnos, a salirnos de la norma. El blanco no discute, no molesta, no compromete. Es seguro. Pero cuando se utiliza como fórmula y no como elección consciente, deja de ser puro para convertirse en cobarde.

El problema no es el blanco en sí, sino el uso acrítico que hacemos de él. El blanco puede ser punto de partida, pausa, respiración. Pero cuando se convierte en norma, en tendencia incuestionable, deja de ser diseño y pasa a ser marketing. Espacios pensados para gustar sin decir nada, para vender sin arriesgar, para que cualquiera pueda comprar sin tener que posicionarse.

Diseñar no debería consistir en borrar, sino en revelar. En entender quién habita el espacio, cómo vive, qué le emociona y qué le representa. Un espacio con carácter no sigue tendencias: cuenta una historia. Y las historias, como las personas, rara vez son completamente blancas.

Porque cuando todo aspira a ser para todos, termina sin ser realmente de nadie.

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